La reunión terminó bien.
Se habló del problema.
Hubo intercambio.
Las personas comprendieron lo que se buscaba y nadie formuló una objeción importante.
Antes de cerrar, alguien preguntó:
“¿Estamos de acuerdo?”
Las respuestas fueron afirmativas.
Una semana después, sin embargo, casi todo seguía igual.
La agenda conservaba los mismos compromisos.
Las prioridades anteriores continuaban ocupando el mismo lugar.
Nadie sabía con precisión quién debía responder por el resultado.
Y aquello que supuestamente se había decidido volvía a aparecer en otra reunión.
No necesariamente faltó compromiso.
Puede haber ocurrido algo más básico:
hubo acuerdo, pero todavía no hubo una decisión suficientemente traducida al trabajo.
Acordar, decidir y ejecutar son movimientos distintos.
Estas tres acciones suelen confundirse porque pueden ocurrir dentro de una misma conversación.
Pero no responden a la misma pregunta.
Acordar significa alcanzar una comprensión o aceptación suficientemente compartida.
Las personas reconocen un problema, aceptan una orientación o coinciden en que algo debería modificarse.
Decidir significa elegir una dirección y cerrar otras posibilidades.
Aparece una definición: qué se hará, qué dejará de seguir abierto y quién tiene responsabilidad sobre aquello que se eligió.
Ejecutar significa convertir esa definición en trabajo.
- Agenda.
- Responsabilidades.
- Recursos.
- Conversaciones.
- Fechas.
- Conductas.
- Seguimiento.
Puede haber acuerdo sin decisión.
También puede existir una decisión formal sin ejecución.
La diferencia no se reconoce solamente escuchando lo que las personas dijeron durante la reunión.
Se reconoce observando qué quedó diferente después.
El acuerdo puede ser necesario y seguir siendo insuficiente.
Llegar a un acuerdo importa.
Una organización difícilmente pueda coordinar si cada persona entiende una dirección completamente distinta.
Pero el acuerdo tiene una característica particular: puede conservar abiertas muchas interpretaciones.
“Tenemos que mejorar la atención.”
“Necesitamos mayor coordinación.”
“Este proyecto ahora es prioritario.”
“Tenemos que delegar más.”
“Hay que trabajar mejor entre las áreas.”
Son formulaciones con las que resulta relativamente sencillo estar de acuerdo.
La dificultad aparece cuando debemos responder qué significan en la práctica.
¿Mejorar la atención modifica tiempos, funciones o procedimientos?
¿Coordinar mejor implica una nueva reunión o cambia quién puede decidir?
¿Convertir algo en prioritario significa que otra actividad perderá tiempo o recursos?
¿Delegar implica entregar tareas o también transferir capacidad de decisión?
El acuerdo puede permanecer mientras estas preguntas sigan abiertas.
La decisión comienza cuando algunas posibilidades dejan de estarlo.
Decidir significa también cerrar.
Una decisión no agrega solamente una nueva dirección.
También produce una renuncia.
Elegir una prioridad significa que algo recibirá menos atención.
Asignar una responsabilidad significa que otra persona deja de ser responsable principal.
Delegar una decisión implica aceptar que quien recibe ese margen puede resolver de una manera diferente a la que habría elegido quien delegó.
Definir una fecha significa que otras demandas deberán organizarse alrededor de ella.
Rumelt (2011) distingue una estrategia efectiva de la mera formulación de objetivos o aspiraciones por la existencia de acciones coherentes capaces de concentrar esfuerzo frente a un desafío.
Por eso una decisión puede resultar incómoda incluso cuando todos comprenden perfectamente el problema.
Decidir obliga a dejar algo afuera.
Una decisión deja una huella operativa.
No todas las decisiones modifican las mismas cosas.
Pero una decisión que pretende cambiar una práctica debería dejar alguna consecuencia reconocible.
- Algo entra en agenda.
- Algo sale.
- Una persona queda responsable.
- Una autoridad se transfiere.
- Una prioridad modifica su lugar.
- Un recurso cambia de destino.
- Una conversación obtiene fecha.
- Un procedimiento deja de utilizarse.
- Aparece una instancia concreta de revisión.
Si nada de eso ocurre, conviene preguntarse si realmente hubo una decisión o si todavía existe una orientación compartida esperando ser operativizada.
Drucker (1967) vinculaba la efectividad ejecutiva con transformar decisiones en acción y responsabilidad concreta, no simplemente con formular buenas conclusiones.
Una prioridad necesita hacer lugar.
Este punto parece sencillo, pero produce muchas dificultades.
Una organización declara:
“A partir de ahora esto es prioritario.”
Y después mantiene exactamente la misma agenda.
Las mismas reuniones.
Las mismas tareas.
Los mismos plazos.
Las mismas expectativas sobre las mismas personas.
Entonces la nueva prioridad no obtiene espacio.
Se agrega.
Y cuando cada nueva prioridad se suma sin que nada pierda lugar, el sistema acumula obligaciones.
Priorizar no consiste solamente en declarar importancia.
Implica proteger algo frente a otras demandas.
Por eso toda prioridad debería permitir responder también:
¿qué recibirá menos tiempo, atención o recursos para que esto pueda recibir más?
Kaplan y Norton (1996) desarrollaron la necesidad de traducir estrategia en objetivos y medidas que conecten la dirección con la acción organizacional, en lugar de dejarla solamente como declaración estratégica.
Asignar una tarea no equivale a asignar responsabilidad.
Otra confusión frecuente consiste en creer que algo quedó resuelto porque una persona recibió una tarea.
“María prepara el informe.”
“Juan habla con el proveedor.”
“Administración hace el seguimiento.”
Eso puede ordenar actividades.
Pero todavía necesitamos saber quién responde por el resultado.
Una responsabilidad necesita, al menos:
- un resultado suficientemente reconocible;
- autoridad para actuar sobre aquello que puede modificar;
- límites claros;
- y una referencia sobre cuándo corresponde consultar o escalar.
Una persona puede tener una tarea y no tener autoridad.
Puede responder por un resultado sin contar con recursos.
Puede recibir una responsabilidad cuyo éxito depende de decisiones que siguen concentradas en otra persona.
Entonces el organigrama dice que la responsabilidad fue distribuida, pero la operación continúa devolviendo todo al mismo lugar.
La pregunta no es solamente quién hace algo.
También importa:
¿quién puede decidir cuando aparece una dificultad?
Ese punto permite distinguir actividad de responsabilidad.
Porque la ejecución casi nunca ocurre exactamente como se imaginó.
- Surgen excepciones.
- Aparecen datos nuevos.
- Un plazo necesita modificarse.
- Otra área no responde.
- Un recurso no está disponible.
Si cada dificultad obliga a regresar a la persona que tomó la decisión original, probablemente todavía no exista suficiente autoridad distribuida.
La decisión necesita un primer movimiento verificable.
Una transformación puede necesitar meses.
Una decisión importante no.
Debería existir alguna primera señal reconocible de que comenzó a producir consecuencias.
Puede ser pequeña.
- Una reunión cancelada.
- Una responsabilidad transferida.
- Una fecha incorporada.
- Una conversación realizada.
- Un presupuesto reservado.
- Un procedimiento modificado.
- Una actividad que deja de realizarse.
El primer movimiento no demuestra que toda la decisión vaya a funcionar.
Demuestra algo más elemental:
que la definición empezó a salir de la conversación.
March (1994) recuerda que las decisiones organizacionales ocurren dentro de reglas, experiencias, identidades y ambigüedades concretas; comprender cómo se decide requiere observar no solo la elección formal, sino lo que ocurre dentro del funcionamiento organizado.
Volver a explicar no siempre resuelve la falta de ejecución.
Cuando una decisión no avanza, una reacción habitual consiste en convocar otra reunión.
Se prepara una presentación.
Se explica nuevamente.
Se responden preguntas.
A veces eso es exactamente lo que hace falta.
Puede haber existido una interpretación distinta o una comunicación insuficiente.
Pero también puede ocurrir que todos hayan comprendido perfectamente y el problema esté en otro lugar.
- Nadie quedó responsable.
- El responsable no tiene autoridad.
- No existe tiempo disponible.
- Nada perdió prioridad.
- No se definió la primera acción.
- No existe una fecha.
- No se acordó cuándo revisar.
En esos casos, una explicación mejor no cambia las condiciones que impiden ejecutar.
Antes de reunir nuevamente al equipo conviene preguntar:
¿falta comprensión o falta traducción operativa?
El seguimiento no empieza después de ejecutar.
Una decisión mejor diseñada incluye desde el comienzo cómo será observada.
No para controlar permanentemente a quien ejecuta.
Para distinguir avance, dificultad y necesidad de ajuste.
Conviene saber:
- qué resultado esperamos;
- qué primera señal debería aparecer;
- qué evidencia mostrará avance;
- qué dificultad justificaría intervenir;
- quién participará de la revisión;
- y cuándo volveremos a mirar.
Sin esa referencia, cada persona puede evaluar desde una expectativa distinta.
Una considera que el proyecto avanza porque hubo actividad.
Otra cree que está detenido porque todavía no existe un resultado final.
Otra interpreta cualquier dificultad como prueba de que la decisión fue equivocada.
Definir la revisión protege la ejecución de esas interpretaciones contradictorias.
El acta mínima de una decisión.
No hace falta convertir cada reunión en un documento burocrático.
Pero una decisión importante debería poder registrarse de manera breve.
Decisión.
¿Qué quedó definido exactamente?
Alcance.
¿Qué incluye y qué queda fuera?
Renuncia.
¿Qué deja de hacerse, pierde prioridad o deja de permanecer abierto?
Responsabilidad.
¿Quién responde por el resultado?
Autoridad.
¿Qué puede resolver esa persona sin volver a pedir autorización?
Primer movimiento.
¿Qué acción concreta debe ocurrir y en qué fecha?
Evidencia.
¿Qué hecho permitirá reconocer que la ejecución comenzó?
Revisión.
¿Cuándo volveremos a mirar qué ocurrió?
El acta no necesita reproducir toda la conversación.
Su función es proteger aquello que la conversación efectivamente cerró.
Para revisar.
Pensá en una reunión reciente que haya terminado con una definición importante.
- ¿Qué fue conversado?
- ¿Qué fue acordado?
- ¿Qué fue realmente decidido?
- ¿Qué alternativa dejó de estar abierta?
- ¿Qué debería haber cambiado en la agenda?
- ¿Qué perdió prioridad?
- ¿Quién responde?
- ¿Esa persona puede decidir aquello que necesita para responder?
- ¿Cuál era el primer movimiento verificable?
- ¿Qué debería poder observarse ahora que antes no ocurría?
- ¿Cuándo se revisará?
Y una última pregunta puede resultar especialmente útil:
¿qué parte del problema estamos tratando como falta de comunicación cuando, en realidad, pertenece a la ejecución?
Conclusión.
Acordar no es decidir.
Decidir no es ejecutar.
El acuerdo construye una comprensión suficientemente compartida.
La decisión elige una dirección y cierra posibilidades.
La ejecución convierte esa definición en cambios observables.
- Agenda.
- Prioridades.
- Responsabilidades.
- Autoridad.
- Recursos.
- Conductas.
- Fechas.
- Revisión.
Por eso una reunión no debería evaluarse únicamente por cómo terminó.
Puede haber sido participativa, clara e incluso valiosa.
La pregunta empieza después:
¿qué quedó diferente porque esta conversación ocurrió?
Si la respuesta es “nada todavía”, no necesariamente estamos frente a un equipo resistente ni frente a una mala decisión.
Puede faltar el movimiento que convierte una definición en una forma diferente de trabajar.
Próximo movimiento.
Cuando un equipo sostiene reuniones y acuerdos, pero las definiciones no modifican prioridades, responsabilidades o ejecución, puede ser necesario identificar en qué punto se interrumpe el pasaje entre conversar, decidir y hacer.
Referencias.
Drucker, P. F. (1967). The effective executive. Harper & Row.
Kaplan, R. S., & Norton, D. P. (1996). The balanced scorecard: Translating strategy into action. Harvard Business School Press.
March, J. G. (1994). A primer on decision making: How decisions happen. Free Press.
Rumelt, R. P. (2011). Good strategy/bad strategy: The difference and why it matters. Crown Business.
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