Damián | Interlocutor de Criterio.

Un espacio para escucharte, pensar una situación y ver qué sí podés hacer desde donde estás.

La claridad no siempre llega antes del movimiento.

·

Hay momentos en los que esperamos sentirnos completamente seguros antes de hacer algo.

Como si existiera un orden lógico que debiéramos respetar: primero comprender todo, después decidir y recién entonces movernos.

Queremos estar seguros antes de tener una conversación.

Saber exactamente qué queremos antes de pedir algo.

Tener certeza antes de cambiar una condición.

Estar convencidos antes de poner un límite.

Conocer las consecuencias antes de probar una alternativa.

Y mientras esa claridad no aparece, esperamos.

El problema es que hay situaciones en las que parte de la información que necesitamos todavía no existe.

No necesariamente porque no hayamos pensado suficiente.

Puede ocurrir que esa información solamente pueda aparecer después de interactuar con la situación.

Una conversación puede mostrarnos algo que no sabíamos.

Una pregunta puede revelar una expectativa que habíamos supuesto.

Un límite puede hacernos comprender cómo estaba organizado realmente un vínculo.

Pedir ayuda puede mostrar si el problema era falta de capacidad, exceso de responsabilidad o haber intentado sostener solos algo que necesitaba ser compartido.

Probar una alternativa puede enseñarnos más que seguir imaginando durante semanas qué ocurriría si la intentáramos.

En esos casos, el movimiento no llega después de la claridad. Forma parte del proceso de construirla.

Certeza y claridad no son lo mismo.

Quizás una parte de la dificultad aparezca cuando tratamos la claridad y la certeza como si fueran lo mismo.

Podemos comprender bastante bien una situación y seguir sin saber qué ocurrirá.

Puedo saber que necesito conversar con alguien y no saber cómo responderá.

Puedo reconocer que una condición dejó de resultarme sostenible y todavía no conocer cuál será la alternativa definitiva.

Puedo decidir probar algo durante un tiempo sin saber si terminará convirtiéndose en una decisión permanente.

Puedo necesitar pedir información sin saber si aquello que voy a descubrir confirmará o cambiará lo que pienso ahora.

La claridad puede ayudarnos a reconocer qué sabemos, qué no sabemos y qué necesitamos averiguar.

La certeza exigiría conocer de antemano algo que muchas veces solamente puede saberse después.

Por eso, la ausencia de certeza no significa necesariamente ausencia de criterio.

A veces sabemos lo suficiente para dar un próximo paso aunque todavía no sepamos cómo terminará el recorrido.

Y esa diferencia importa.

Porque si convertimos la certeza total en requisito para movernos, podemos terminar esperando una información que solamente aparecería después de haber hecho algo.

No todo movimiento es una decisión definitiva.

También podemos confundir movimiento con resolución.

Como si hacer algo significara comprometernos definitivamente con eso.

Pero hay movimientos que no cierran una situación.

La exploran.

Hacer una pregunta no es decidir.

Tener una conversación no es aceptar.

Pedir información no es comprometerse.

Probar una alternativa no significa adoptarla para siempre.

Plantear una condición no implica saber cómo continuará el vínculo.

Hay movimientos cuyo propósito no es resolver inmediatamente.

Su propósito puede ser producir información que hoy no tenemos.

Entonces la pregunta cambia.

En lugar de preguntarnos:

“¿Qué tengo que decidir?”

podemos preguntarnos:

“¿Qué necesito conocer para poder decidir mejor?”

Y después:

“¿Hay algún movimiento posible que pueda ayudarme a obtener esa información?”

Ahí actuar deja de significar necesariamente cerrar una situación.

También puede significar investigarla.

Esperar también modifica la situación.

No hacer nada suele parecernos la alternativa más prudente porque da la impresión de mantener las cosas como están.

Pero las situaciones continúan desarrollándose aunque nosotros no intervengamos.

Una conversación que postergamos puede volverse más difícil.

Una condición que no revisamos puede consolidarse.

Una responsabilidad que seguimos absorbiendo puede convertirse en expectativa.

Una decisión que evitamos puede terminar siendo tomada por las circunstancias.

Un comportamiento que nunca señalamos puede comenzar a interpretarse como aceptado.

Por eso, antes de asumir que esperar es neutral, puede resultar útil preguntarnos:

¿Qué puede cambiar si durante las próximas semanas no hago nada con esto?

No para obligarnos a actuar.

Esperar también puede ser una decisión pertinente.

Puede faltar información.

Puede no ser el momento.

Puede existir una condición que todavía no depende de nosotros.

Pero entonces hay una diferencia importante entre elegir esperar y simplemente continuar esperando porque todavía no sentimos suficiente seguridad.

En el primer caso hay criterio.

En el segundo, quizás haya algo que todavía necesite ser comprendido.

¿Qué sí está disponible ahora?

Cuando atravesamos una situación compleja, probablemente no podamos responder todavía algunas de las preguntas que más quisiéramos resolver.

¿Qué quiero definitivamente?

¿Cuál es la decisión correcta?

¿Cómo va a terminar esto?

¿Qué va a hacer la otra persona?

¿Qué ocurrirá si cambio?

Pero quizás existan otras preguntas que sí podemos trabajar hoy.

¿Qué sé ahora que antes no sabía?

¿Qué estoy suponiendo sin haberlo comprobado?

¿Qué información me falta?

¿Con quién necesito conversar?

¿Qué pregunta todavía no hice?

¿Qué condición necesito explicitar?

¿Qué puedo probar sin comprometer toda la situación?

¿Qué tendría que ocurrir para que pueda revisar después lo que estoy pensando hoy?

Estas preguntas no eliminan la incertidumbre.

Pero pueden convertir una situación detenida en una situación que empieza a producir información.

Un movimiento pequeño puede cambiar la pregunta.

A veces imaginamos que necesitamos una gran decisión porque estamos mirando solamente el resultado final.

Renunciar o quedarse.

Continuar o terminar.

Aceptar o rechazar.

Avanzar o retroceder.

Pero entre esos extremos pueden existir movimientos más pequeños que todavía no habíamos considerado.

Preguntar.

Conversar.

Pedir una condición diferente.

Definir un plazo.

Probar algo durante un tiempo.

Consultar a alguien.

Revisar una responsabilidad.

Decir que todavía no estamos en condiciones de responder.

Cada uno de esos movimientos puede modificar la situación.

No necesariamente porque la resuelva.

Puede hacerlo porque nos permite verla desde un lugar que antes no estaba disponible.

Y entonces quizá descubramos que la decisión que creíamos tener delante no era exactamente esa.

Moverse para poder mirar de nuevo.

Hay una diferencia entre actuar impulsivamente y reconocer que necesitamos hacer algo para comprender mejor.

No todo movimiento necesita ser definitivo.

No todo movimiento necesita comenzar con certeza.

Y no todo movimiento tiene que resolver aquello que todavía estamos tratando de comprender.

A veces una conversación cambia lo que creíamos estar decidiendo.

Una respuesta modifica nuestra interpretación.

Un límite muestra una dinámica que antes no veíamos.

Un intento confirma una intuición.

O la contradice.

Un pedido revela qué estaba disponible y qué no.

Y recién después podemos formular una pregunta mejor.

Por eso, cuando algo todavía no está claro, quizás la pregunta no sea solamente:

“¿Cómo consigo estar completamente seguro antes de hacer algo?”

Podría existir otra:

¿Qué pequeño movimiento podría ayudarme a ver un poco mejor lo que todavía no está claro?

No para apresurar una decisión.

No para obligarnos a avanzar.

Sino para producir la información que hoy todavía no tenemos.

Y después volver a mirar.

¿Qué cambia ahora?


Nuevos artículos de Damián | Interlocutor de Criterio.

Recibí por correo nuevas ideas, situaciones y distinciones para mirar mejor antes de responder.

Descubre más desde Damián | Interlocutor de Criterio.

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo