Damián | Interlocutor de Criterio.

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¿Podés hacerlo? Sí. ¿Te corresponde?

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Hay situaciones en las que intervenir parece lo más lógico. Sabemos cómo resolver algo, tenemos experiencia, vemos rápidamente una salida y quizá incluso podríamos hacerlo mejor o más rápido que otra persona. En esos momentos, asumir una tarea, tomar una decisión o hacerse cargo de un problema puede parecer una forma de ayudar.

Y muchas veces lo es.

El problema empieza cuando aquello que alguna vez fue una excepción se vuelve una expectativa. Cuando alguien empieza a recurrir siempre a nosotros porque “sabemos”, cuando terminamos resolviendo lo que otros podrían aprender a resolver o cuando una organización, un equipo o un vínculo comienza a funcionar sobre la base de que una persona siempre va a hacerse cargo.

Ahí aparece una pregunta que conviene hacer antes de intervenir:

¿Puedo hacerlo o me corresponde hacerlo?

No es lo mismo.

La capacidad habla de recursos, experiencia, conocimiento o disponibilidad. La responsabilidad habla de rol, acuerdo, decisión y consecuencias. Una persona puede estar perfectamente capacitada para resolver algo y, aun así, no ser quien debería asumirlo.

Cuando ayudar empieza a reemplazar responsabilidad.

En los equipos esto aparece con bastante frecuencia. Un líder detecta que una tarea no avanza y decide hacerla él mismo porque le resulta más rápido. Una persona con experiencia corrige constantemente el trabajo de alguien que recién empieza. Un integrante del equipo toma decisiones que pertenecen a otro porque sabe que, de lo contrario, la situación puede demorarse.

En el corto plazo, esto puede producir resultados. La tarea se completa, el problema se resuelve y el trabajo continúa. Pero si esa dinámica se repite, puede generar otra consecuencia: quien debería asumir una responsabilidad empieza a depender de quien siempre interviene.

No necesariamente porque no quiera hacerse cargo. A veces simplemente aprende, por repetición, que alguien más va a resolver.

Y del otro lado también ocurre algo: quien tiene más capacidad empieza a acumular decisiones, tareas, consultas y problemas. En algún momento siente que todo depende de él, aunque parte de esa dependencia se haya construido precisamente a partir de sus propias intervenciones.

Por eso ayudar no siempre significa hacer. A veces ayudar puede ser preguntar, acompañar, devolver una decisión, ofrecer información o habilitar que alguien atraviese el proceso necesario para aprender a hacerse responsable.

Resolver más no siempre mejora el sistema.

Hay personas que se vuelven indispensables porque saben resolver muchas cosas. En determinados contextos eso puede ser valioso. El problema es cuando el funcionamiento de un equipo empieza a depender de esa indispensabilidad.

Si una persona tiene que aprobar cada decisión, revisar cada detalle, responder cada consulta o intervenir cada vez que aparece una dificultad, probablemente no estemos solamente frente a alguien muy comprometido. También puede existir un problema de distribución de responsabilidad.

Un sistema saludable no depende exclusivamente de quién sabe más. Necesita que las personas comprendan qué decisiones les corresponden, con qué margen pueden actuar, qué necesitan consultar y por qué resultados deben responder.

De lo contrario, puede instalarse una paradoja: cuanto más resuelve una persona, menos capacidad desarrolla el resto para resolver sin ella.

Por eso delegar no consiste solamente en repartir tareas. También implica aceptar que otra persona tendrá que pensar, decidir, equivocarse, corregir y aprender.

Y esa parte suele ser más difícil que simplemente hacer el trabajo uno mismo.

Saber hacerlo puede convertirse en una trampa.

Cuando tenemos experiencia, intervenir puede resultarnos casi automático. Vemos un problema y ya imaginamos una solución. Escuchamos una dificultad y rápidamente pensamos qué habría que hacer.

Pero esa capacidad puede convertirse en una trampa cuando respondemos antes de preguntarnos si realmente necesitamos hacerlo.

A veces intervenimos porque sentimos responsabilidad por el resultado. Otras veces porque nos cuesta observar una situación que podría resolverse más rápido. También puede haber una necesidad de evitar errores, proteger a alguien o asegurarnos de que las cosas se hagan de determinada manera.

Nada de esto es necesariamente incorrecto.

Lo importante es reconocer qué está sosteniendo nuestra intervención.

Porque no es lo mismo intervenir porque una situación realmente requiere nuestra responsabilidad que hacerlo porque nos resulta difícil tolerar que alguien más decida de una manera diferente a la nuestra.

Responsabilidad no significa abandono.

Devolver responsabilidad tampoco significa decir “arreglate solo”.

En una organización, acompañar a alguien puede implicar clarificar expectativas, ofrecer criterios, explicar una decisión previa, habilitar recursos o acordar cuándo revisar avances.

La diferencia está en quién sigue siendo responsable de actuar.

Podemos acompañar sin apropiarnos de la tarea. Podemos ayudar a pensar sin decidir por el otro. Podemos ofrecer experiencia sin convertirnos en la respuesta automática frente a cada dificultad.

Esto también aparece fuera de los equipos. En vínculos personales podemos resolver problemas por alguien que queremos, anticiparnos a sus necesidades o hacernos cargo de situaciones que en realidad requieren una decisión propia.

A veces lo hacemos por afecto.

Pero incluso en esos casos conviene preguntarnos si nuestra ayuda está fortaleciendo la capacidad de la otra persona o reemplazándola.

¿Qué depende realmente de vos?

Una manera de revisar estas situaciones es separar tres preguntas.

La primera es: ¿qué me corresponde decidir o hacer por mi rol, acuerdo o responsabilidad?

La segunda: ¿qué puedo acompañar sin asumirlo como propio?

Y la tercera: ¿qué debería permanecer en manos de otra persona aunque yo sepa cómo resolverlo?

Estas preguntas parecen sencillas, pero pueden cambiar bastante una dinámica. Sobre todo cuando alguien está cansado de sostener demasiadas cosas y, al mismo tiempo, siente que si deja de intervenir nada va a funcionar.

En ocasiones, parte del trabajo consiste justamente en revisar cómo se construyó esa situación. Qué decisiones empezamos a tomar por otros. Qué tareas aceptamos sin revisar. Qué consultas respondemos inmediatamente. Qué problemas asumimos porque nos resultaba más fácil resolverlos que devolverlos. Y también qué acuerdos nunca fueron suficientemente claros.

A veces ayudar implica no ocupar el lugar del otro.

Hay momentos en los que intervenir es necesario. Una urgencia, un riesgo, una responsabilidad directa o una situación que requiere determinada experiencia pueden justificar que alguien tome la conducción.

Pero no todas las situaciones son urgencias.

Y si cada dificultad termina siendo resuelta por la persona más experimentada, el resto del sistema puede perder oportunidades importantes de aprendizaje y responsabilidad.

Por eso, antes de intervenir, quizá convenga detenerse un momento.

¿Esto realmente me corresponde?

¿Qué pasaría si en lugar de resolver preguntara qué piensa hacer la otra persona?

¿Qué necesita para poder hacerse cargo?

¿Estoy acompañando o estoy sustituyendo?

En ocasiones, la intervención más útil no consiste en tomar la tarea. Consiste en crear las condiciones para que quien debería asumirla pueda hacerlo.

Porque poder resolver algo no significa necesariamente tener que resolverlo.

Y a veces ayudar también implica dejar que el otro ocupe el lugar que le corresponde.


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