Damián | Interlocutor de Criterio.

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¿Y a vos quién te escucha?

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Hay conversaciones que empiezan con algo tan simple como sentarse un rato, compartir un mate y preguntar cómo está el otro de verdad. No para cumplir con una cortesía ni para abrir rápidamente otro tema, sino con la disposición suficiente para quedarse un momento ahí, escuchando lo que aparezca.

Hace un tiempo, durante una conversación con un grupo reducido de líderes, uno de ellos me hizo una pregunta que todavía recuerdo:

“¿No te cansás de escuchar, Damián? Porque a nosotros nos escuchás vos… ¿pero y a vos?”

La pregunta me sorprendió. No porque nunca hubiera pensado en mi propia necesidad de ser escuchado, sino porque alguien había mirado hacia un lugar que suele pasar bastante desapercibido.

Cuando una persona ocupa habitualmente el lugar de quien escucha, pregunta, acompaña, organiza conversaciones o ayuda a otros a mirar mejor una situación, puede empezar a construirse alrededor suyo una suposición: que está bien, que sabe cómo resolver lo que le pasa, que puede sostenerse sola o que probablemente pedirá ayuda si alguna vez la necesita.

Pero ninguna de esas cosas puede darse por sentada.

Cuando una función empieza a confundirse con la persona.

Hay roles que producen expectativas. A un líder se le pide que decida. A quien coordina, que ordene. A quien acompaña, que pueda escuchar. A quien suele contener, que permanezca disponible.

El problema aparece cuando aquello que alguien hace con frecuencia empieza a convertirse, para los demás, en una definición completa de quién es.

La persona que escucha deja de ser alguien que también necesita ser escuchado.

La persona que resuelve deja de ser alguien que también puede tener dudas.

La persona que sostiene deja de ser vista como alguien que, en determinados momentos, puede necesitar apoyo.

No necesariamente existe mala intención. Muchas veces ocurre algo más sencillo: nos acostumbramos a una determinada versión del otro.

Y cuando eso sucede, dejamos de preguntarnos cómo está porque creemos que ya sabemos la respuesta.

Poder no significa no necesitar.

Que una persona tenga recursos para afrontar situaciones difíciles no significa que todo le resulte sencillo.

Que tenga experiencia no significa que no dude.

Que tenga criterio para acompañar a otros no significa que siempre tenga claridad sobre su propia vida.

Que pueda escuchar profesionalmente tampoco significa que no necesite, en otros momentos, encontrar un espacio donde simplemente pueda hablar sin tener que conducir la conversación.

A mí me pasan cosas como a cualquier persona. Tengo preocupaciones, dudas, cansancio, situaciones que intento comprender y momentos en los que también necesito que alguien pregunte cómo estoy sin asumir de antemano que seguramente estoy bien.

Y quizá por eso aquella pregunta me quedó dando vueltas.

No solamente hablaba de mí. También hablaba de muchas personas que terminan siendo reconocidas principalmente por lo que hacen para otros.

La disponibilidad también puede volverse invisible.

Hay personas a las que acudimos cuando algo nos pasa porque sabemos que probablemente van a estar.

Escuchan. Preguntan. Ayudan a pensar. Buscan una alternativa. Sostienen una conversación difícil. Se quedan un rato más.

Y justamente porque esa disponibilidad aparece tantas veces, puede empezar a volverse parte del paisaje. Dejamos de verla como algo que alguien está ofreciendo y comenzamos a percibirla casi como una condición permanente de esa persona.

Ahí aparece una pregunta que vale la pena hacerse:

¿Cuánto sabemos realmente de cómo está quien suele estar para nosotros?

No se trata de llevar una contabilidad afectiva ni de exigir simetría exacta en los vínculos. Una conversación no necesita ser devuelta con otra conversación idéntica. Un gesto no necesita recibir inmediatamente un gesto equivalente.

Pero sí puede existir algo más profundo: la capacidad de recordar que el otro también tiene una vida que no empieza cuando nosotros llegamos con una necesidad.

Reciprocidad no es devolver exactamente lo mismo.

Durante mucho tiempo tendemos a pensar la reciprocidad como una especie de equivalencia: si alguien hizo algo por mí, debería hacer algo parecido por esa persona.

Sin embargo, los vínculos no siempre funcionan así.

Quizá la reciprocidad tenga menos que ver con devolver y más con no dar por sentado.

Preguntar. Prestar atención. Percibir un cambio. Recordar algo que el otro contó. Hacer espacio para que una conversación también pueda ocurrir en la otra dirección.

A veces incluso preguntar sencillamente:

“¿Y vos cómo estás?”

y estar dispuesto a escuchar una respuesta que no sea “bien”.

Porque preguntar de verdad también implica aceptar que quizá aparezca algo que requiera tiempo, presencia o simplemente quedarse un rato sin intentar solucionarlo.

Mirar también a quien suele mirar a los demás.

En equipos, familias, amistades, parejas y relaciones profesionales suele haber personas que ocupan lugares de referencia. Son aquellas a quienes otros consultan, buscan o recurren cuando necesitan claridad, apoyo o una conversación.

Esos lugares tienen valor. Pero también pueden convertirse en posiciones solitarias cuando nadie recuerda mirar hacia allí.

Por eso quizá convenga observar de vez en cuando a quienes parecen poder con todo.

No para suponer que están mal.

Tampoco para infantilizarlos o convertir cada encuentro en una indagación emocional.

Simplemente para no confundir capacidad con invulnerabilidad.

Tal vez la reciprocidad empiece ahí.

En recordar que detrás de cada función sigue existiendo una persona.

En no asumir que quien suele escuchar siempre tiene dónde hablar.

En no esperar a que alguien llegue al límite para preguntarle cómo está.

En aprender a reconocer también las necesidades de quienes habitualmente parecen tener respuestas, recursos o disponibilidad.

Aquella pregunta que me hicieron fue breve. Pero hizo algo que las buenas preguntas suelen hacer: me permitió mirar una situación cotidiana desde otro lugar.

“A nosotros nos escuchás vos… ¿pero y a vos?”

Tal vez valga la pena hacernos esa pregunta respecto de algunas personas que forman parte de nuestra vida.

¿Quién suele escucharte?

¿Quién suele estar cuando necesitás ordenar algo?

¿A quién acudís cuando algo te preocupa?

Y, de vez en cuando:

¿vos también le preguntás cómo está?


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