Damián | Interlocutor de Criterio.

Un espacio para escucharte, pensar una situación y ver qué sí podés hacer desde donde estás.

¿Falta información o falta decisión?

·

Buscar más información puede ser exactamente lo que una decisión necesita.

Un dato económico.

Una respuesta de otra persona.

Una condición legal.

Una fecha.

Una estimación técnica.

Una consecuencia que todavía no podemos evaluar con responsabilidad.

En esos casos, esperar no es postergar.

Es decidir que todavía existe información relevante capaz de modificar la elección.

Pero hay otras situaciones en las que seguimos buscando aunque ya no sepamos con demasiada precisión qué esperamos encontrar.

Volvemos a comparar.

Preguntamos a otra persona.

Leemos algo más.

Construimos otro escenario.

Esperamos sentir mayor seguridad.

Y la decisión continúa abierta.

Ahí conviene cambiar la pregunta.

No:

“¿Tengo toda la información?”

Sino:

“¿Qué información que todavía no tengo podría hacerme elegir de otra manera?”

La diferencia parece pequeña.

No lo es.

No toda información tiene valor para la decisión.

Una decisión importante puede admitir cantidades prácticamente infinitas de información.

Siempre puede aparecer otro dato.

Otra opinión.

Otra simulación.

Otra posibilidad.

Otra perspectiva.

El problema es que acumular información no produce automáticamente una mejor decisión.

March (1994) muestra que las decisiones reales ocurren bajo condiciones de información limitada, ambigüedad, restricciones y criterios que no siempre resultan completamente compatibles.

Por eso la pregunta relevante no es cuánta información existe.

Es cuánto de aquello que todavía falta puede modificar realmente la decisión.

Supongamos que alguien está evaluando aceptar un proyecto.

Todavía no conoce el honorario final.

Ese dato podría cambiar su decisión.

Tiene sentido esperar.

Pero si conoce el honorario, las condiciones, la dedicación y las consecuencias, y continúa buscando opiniones para saber si “realmente debería hacerlo”, quizás ya no falte información del mismo tipo.

Puede faltar otra cosa.

Un criterio.

Una definición.

O la disposición para asumir una consecuencia.

Una espera responsable puede explicarse.

Decir:

“Todavía no puedo decidir.”

no necesariamente constituye un problema.

Lo importante es poder completar la frase.

Todavía no puedo decidir porque falta este dato.

Lo va a aportar esta persona o esta fuente.

Lo conoceré en esta fecha.

Y podría modificar la decisión de esta manera.

Eso convierte la espera en una posición definida.

No mantiene el asunto abierto indefinidamente.

Existe una información faltante identificada y una relación concreta entre esa información y la elección.

En cambio:

“Quiero pensarlo un poco más.”

“Quiero estar más seguro.”

“Voy a seguir viendo.”

“Necesito analizarlo mejor.”

pueden ser respuestas perfectamente legítimas al comienzo.

Pero si pasan las semanas, necesitan mayor precisión.

¿Pensar qué?

¿Analizar qué?

¿Qué tendría que aparecer para que la conclusión fuera diferente?

Información y certeza no son lo mismo.

Esta distinción probablemente sea la más importante del artículo.

Podemos necesitar información.

También podemos desear certeza.

No son equivalentes.

La información puede reducir parte de la incertidumbre.

Rara vez elimina toda posibilidad de equivocarnos.

Kahneman (2012) desarrolla extensamente las limitaciones del juicio humano bajo incertidumbre y muestra por qué disponer de más datos tampoco garantiza una predicción perfecta ni una decisión libre de sesgos.

Una decisión responsable no exige saber exactamente qué ocurrirá.

Exige contar con fundamentos suficientes para elegir dentro de las condiciones disponibles.

Esperar información relevante puede mejorar una decisión.

Esperar una garantía puede volverla imposible.

La pregunta más útil es bastante concreta.

Frente a una decisión abierta, probaría con esto:

“¿Qué dato concreto podría cambiar mi elección?”

No “qué más me gustaría saber”.

No “qué sería bueno conocer”.

No “qué me daría mayor tranquilidad”.

Qué dato podría hacer que hoy eligiera A y, al conocerlo, tuviera razones suficientes para elegir B.

Si podés nombrarlo, todavía existe una búsqueda con dirección.

Si no podés hacerlo, conviene considerar que el problema quizá ya no sea informativo.

A veces no falta información. Faltan criterios.

También puede ocurrir algo diferente.

Tenemos información suficiente, pero dos criterios compiten.

Una alternativa ofrece mayor ingreso.

La otra protege mejor el tiempo.

Una permite crecer.

La otra conserva autonomía.

Una reduce riesgo.

La otra abre una posibilidad que importa.

Buscar más datos no necesariamente resolverá esa tensión.

Porque el problema no está en desconocer las alternativas.

Está en decidir qué debe pesar más.

Esa es una clase distinta de trabajo.

No pide solamente investigar.

Pide explicitar criterios y reconocer cuál de ellos tendrá prioridad cuando no puedan satisfacerse todos simultáneamente.

Decidir suele dejar algo afuera.

Muchas decisiones se prolongan no porque las alternativas sean incomprensibles, sino porque cada una contiene algo que no queremos perder.

Elegir un proyecto puede significar renunciar a otro.

Aceptar una responsabilidad puede reducir disponibilidad.

Delegar puede implicar dejar de controlar ciertos movimientos.

Poner un límite puede modificar un vínculo.

Cerrar una etapa puede eliminar una posibilidad que todavía resultaba atractiva.

Entonces seguimos pensando.

No necesariamente porque aparezca algo nuevo.

Porque mientras la decisión continúe abierta, todavía podemos imaginar que ninguna pérdida será necesaria.

Pero decidir implica precisamente eso:

una alternativa empieza a gobernar la acción y otras dejan de hacerlo.

Pensar mejor no elimina esa consecuencia.

Permite reconocer qué consecuencia estamos dispuestos a sostener.

Una nueva opinión tampoco es siempre información nueva.

Consultar a otra persona puede ser muy valioso.

Una conversación puede mostrar un supuesto que no habíamos advertido.

Puede aportar experiencia.

Puede ofrecer información desconocida.

Puede cuestionar nuestra interpretación.

Pero también puede convertirse en una secuencia interminable:

una opinión;

después otra;

después alguien que confirme la anterior;

después alguien que cuestione a los dos.

En ese caso conviene distinguir entre dos funciones de la consulta.

Una es ampliar información o perspectiva.

La otra es transferir progresivamente la responsabilidad de elegir.

Nadie puede garantizar desde afuera que una alternativa tendrá el resultado esperado.

Las conversaciones pueden mejorar la lectura.

La responsabilidad sobre la elección continúa perteneciendo a quien deberá intervenir y sostener sus consecuencias.

La agenda puede mostrar una decisión que sigue abierta.

Una decisión pendiente no siempre aparece escrita como “decisión pendiente”.

A veces aparece en el calendario.

Una persona sostiene simultáneamente dos proyectos porque todavía no definió cuál será prioritario.

Continúa atendiendo responsabilidades que pretendía delegar.

Mantiene reuniones vinculadas con una dirección que ya dice querer abandonar.

Acepta nuevos compromisos porque todavía no cerró otros.

Entonces intenta organizar mejor la semana.

Pero ninguna herramienta de planificación puede resolver completamente una agenda que sigue obedeciendo a prioridades incompatibles.

La dificultad parece temporal.

Puede ser decisional.

Antes de reorganizar todo, conviene preguntar:

¿qué definición, si apareciera, cambiaría esta agenda?

También existe información que todavía no puede conocerse.

No todas las decisiones pueden esperar hasta disponer de aquello que idealmente querríamos saber.

Algunos datos solo aparecerán después de actuar.

Cómo responderá el mercado.

Cómo funcionará una persona en un nuevo rol.

Qué ocurrirá con una relación después de una conversación.

Si un proyecto encontrará suficiente demanda.

Si una alternativa producirá exactamente el resultado esperado.

En esos casos, la decisión puede necesitar otra lógica.

No seguir esperando información imposible de obtener previamente.

Sino diseñar una prueba.

Una primera etapa.

Una condición de revisión.

Una fecha.

Un límite de inversión.

Una señal que permita continuar, ajustar o detener.

La incertidumbre no desaparece.

Se vuelve gestionable.

Buscar más puede ser prudencia. También puede ser postergación.

Desde afuera, ambos comportamientos pueden parecer iguales.

La persona investiga.

Pregunta.

Compara.

Lee.

Calcula.

La diferencia está en lo que ocurre con cada nueva información.

Si modifica la interpretación, descarta alternativas, ajusta criterios o permite definir mejor la situación, la búsqueda está produciendo algo.

Si cada nuevo dato termina dejando exactamente las mismas posibilidades abiertas, conviene observar qué función está cumpliendo ese análisis.

No todo sobreanálisis se reconoce porque alguien “piensa demasiado”.

A veces tiene una apariencia perfectamente profesional.

Más escenarios.

Más reuniones.

Más consultas.

Más documentos.

La pregunta sigue siendo:

¿algo de esto podría cambiar realmente la decisión?

Antes de buscar algo más.

Frente a una decisión abierta, revisaría cinco cuestiones: qué información concreta falta; quién o qué puede aportarla; cuándo estará disponible; qué cambiaría en la elección si apareciera; y qué ocurrirá si ese dato finalmente no puede conocerse antes de decidir.

Después agregaría una sexta:

¿qué parte de la dificultad no depende ya de información, sino de aceptar una consecuencia?

Esa pregunta evita dos errores.

Decidir antes de contar con información que realmente importa.

Y seguir investigando cuando lo que ya existe es suficiente para avanzar.

Una decisión suficientemente fundada no es una decisión garantizada.

Esta también es una diferencia importante.

Una decisión puede estar bien construida y producir un resultado desfavorable.

Puede encontrar condiciones que nadie anticipó.

Puede necesitar ajustes.

Puede incluso merecer ser reabierta si aparece información verdaderamente nueva.

Eso no convierte automáticamente la decisión inicial en irresponsable.

La calidad de la decisión necesita evaluarse considerando qué información estaba disponible, qué criterios fueron utilizados y cómo se ponderaron las consecuencias en aquel momento.

Por eso no corresponde exigirle a una decisión algo que ninguna decisión puede ofrecer:

certeza sobre el futuro.

Para revisar.

Pensá en una decisión que todavía siga abierta.

  • ¿Qué información concreta falta?
  • ¿Quién puede aportarla?
  • ¿Cuándo podría estar disponible?
  • ¿Qué decisión cambiaría si el dato fuera A y cuál si fuera B?
  • Si el dato no aparece, ¿cuánto tiempo tiene sentido seguir esperando?
  • ¿Qué criterios ya están claros?
  • ¿Cuáles compiten?
  • ¿Qué consecuencia conocés suficientemente pero todavía te cuesta asumir?
  • ¿Existe una prueba limitada que permita obtener información actuando en lugar de seguir analizando?

Y, finalmente:

si mañana recibieras exactamente la información que decís necesitar, ¿estarías realmente en mejores condiciones de decidir?

Si la respuesta es no, probablemente convenga revisar qué falta en realidad.

Conclusión.

Buscar información puede ser una forma de responsabilidad.

También puede convertirse en una manera muy elaborada de mantener abiertas alternativas que ya conocemos suficientemente.

La diferencia no está en cuántos datos reunimos.

Está en saber qué dato todavía puede modificar la elección.

Si existe, conviene identificarlo y buscarlo.

Si todavía no puede conocerse, puede corresponder esperar o diseñar una prueba.

Si la información ya es suficiente, quizá el siguiente movimiento sea ordenar criterios.

Y si los criterios también están claros, puede quedar algo más difícil:

asumir que decidir tendrá consecuencias.

La pregunta entonces deja de ser:

“¿Qué más necesito saber?”

Y pasa a ser:

“¿Qué necesito definir con lo que ya sé?”

Una guía breve para revisar la situación.

Si querés llevar estas preguntas a una situación concreta, podés usar la guía breve que acompaña este artículo.

Y si querés profundizar en qué ocurre cuando una definición continúa abierta, podés leer “Decisiones que no se toman terminan decidiéndose solas.”

Próximo movimiento.

Si una situación sigue abierta y no resulta claro si falta información, un criterio, una conversación o una definición, no hace falta resolver de antemano qué tipo de acompañamiento corresponde.

Podés empezar por describir brevemente qué está ocurriendo.

Referencias.

Kahneman, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio (J. Chamorro Mielke, Trad.). Debate. (Trabajo original publicado en 2011).

March, J. G. (1994). A primer on decision making: How decisions happen. Free Press.


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